Mi héroe de amor.
Respetables miembros de la junta directiva del Centro Cultural Salvadoreño Americano.
Señores y señoras del jurado en la categoría cuento: doctora Irma Lanzas, licenciada Gladys Abigail Suncín, licenciado Alberto Pocasangre. Señores del jurado calificador en Docencia Universitaria en Ciencias Sociales: doctor Pedro Ticas, licenciado Eliseo Ramírez Pérez, licenciado Fidel Nieto Laínez y demás amigos presentes esta noche.
En el año 2000 Ricardo Lindo dijo en el prólogo del poemario "Alba de otro Milenio" Lo siguiente: "Sólo cuando el tiempo pase sabremos quién dio un amate, quien una flor admirable o quién se secó como la hierba al paso del viento...".
Esta noche hablo de Carlos Alfredo Godínez García. Una persona de generales conocidas para unos y para otros, hoy tienen el gusto. No estoy aquí para nombrar sus estudios académicos, su corriente motora de pensamiento o enumerar los conocimientos dados a la sociedad en sus investigaciones y años de dar clases. Vengo para hablarles del Carlos Godínez que yo conozco. Ese hombre fascinado por los libros, envuelto en garabatos nocturnos, fichas y apuntes. Ese mismo que el sueño no parece atacarle, como si viviera con otro huso horario. He sido testigo de cómo el tiempo ha silenciado gracias a la tecnología de la computadora aquellas palabras, frases y oraciones que parecían retorcerse y gemir en el trapiche de su máquina de escribir, aquellos sonidos contra el papel base 20, ese traqueteo constante y la campanita que indicaba el siguiente round o asalto que estaba por empezar. Incontables papeles correctores tan pequeños como su diminuta caja roja donde esperaban cobrar vida y desafiar la tinta más negra desparramada por designios equívocos. No faltaba papel carbón, había una especie de plastilina para arrancar de las letras más usadas la indigestión que adquirían con el tiempo, y un pequeño escritorio de madera y metal con una pata coja, a la cual debías evitar removerle su cuña de papel que hacía las veces de Atlas sosteniendo el mundo, pues eso le daba equilibrio ante las otras tres. Adentro de la gaveta encontrabas variedad de tamaños del clips: unos gordos para apresar firmemente ideas descabelladas, otros pequeños, oxidados, ya sin forma; bandas de hule, algún centavo de Colón que nunca se sintió con valor de cambio. Ese lugar contenía el polo tierra donde la inspiración y la ciencia se juntaban para transportar a mi padre a los problemas más humanos. Algo así como hablar con varios muertos a la vez. Me refiero a Lenin, Engels y Marx. Ya si me pidieran definirlo por una tierra, por un país, es muy salvadoreño de un pedacito llamado Garita Palmera, con un papá, mi abuelo. Fue él quien le trasmitió, a fuerza de disciplina, la lectura de la Biblia, una biblia que aún existe y yo resguardo. Es una biblia de 1903 con arreglo al original griego de Cipriano de Valera. Mi papá nos contaba que todas las vacaciones era literalmente de religión leer la biblia y allí tienen los resultados pues a corta edad leer la Biblia hace o un buen cura, o un pastor y cada cientos de años nos entrega un sociólogo. Puedo imaginarlo con sus manos pequeñas, sus piernas entrecruzadas leyendo mientras atendía oficios propios del campo y fue allí donde debió darse cuenta que había sido hecho para algo más especial que ver los atardeceres inmensos al guardar el ganado, debió ser la lectura, ese salvavidas que le otorgo la posibilidad de estudiar, de querer hacerlo, de llenarse de preguntas de sacar su primaria. Nadie dijo que sería fácil, pasaría tantas dificultades propias de la distancia y la falta de su gran protector Papá Abraham. Supo ser extraño en otra tierra y nunca darse por vencido. Pero también fue feliz dentro de todo eso, supo hacerse fuerte porque la vida se lo iba pidiendo al igual que independiente, porque la vida se lo iba demandando. Mi padre lleva siempre ese surco en sus venas el de la libertad de ser uno con el paisaje y la tierra, de ser uno con el viento la sal y los manglares. Luego de dar el salto de, Garita a Sonsonate y de allí a San salvador la Universidad fue la poción mágica para sus aventuras literarias, ansias de joven inconforme y solidario con los que menos tienen. Él sabe de los rigores y exigencias de un alumno becado y supo darle al abuelo esa satisfacción de verlo graduado, ser de la primera promoción de sociólogos de El Salvador. Tiene mi padre un amor especial por México que le abrió el panorama, el mundo, el saber, el investigar y darse cuenta de las problemáticas similares de un indígena chiapaneco y un campesino salvadoreño. Pudo presenciar chispazos ideológicos de moda en ese tiempo, personajes que eran proporcionales entre neuronas, arrojo, melenas y barbas. Y es allí donde termina de compactar su marco de referencia ideológico que llevaría hasta el día de hoy. En México se hizo de una biblioteca que bullía de pensadores, filósofos clásicos, materialismo histórico y dialéctico. Carlitos como le dice mi mamá es un conocedor e imitador de Cantinflas otro cómico-sociólogo de su generación. Y es allí donde aprende a verle a la vida el lado ameno y despreocupado, lado que los que lo conocemos, sabemos que aflora allí por la cuarta cerveza. Mi padre ha sido algo así como entomólogo, pues muchas veces la polilla y las cucarachas se le adelantaban en devorar sus libros de editoriales exquisitas, raras, algunas psicodélicas, elegantes, otras modernas para su tiempo y con tapa dura de formato ortodoxo venidos de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas URSS que quizás por su complejidad ni los bichos se atrevían a meterle el diente. Siempre aficionado a la música y la fotografía sus gustos no eran gustos comerciales. Siempre le gustó el guapango, la milonga, el tango, -el folklore uruguayo-. Teníamos un tocadiscos que dio vida a voces que en los ochentas debían ser silenciadas o escuchadas a bajo volumen: Quilapayun, Inti-illimani, Jorge Cafrune, Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, etc. Recuerdo a mi padre leer por mucho tiempo y en mi afán por imitarlo no quise quedarme atrás y encontré un libro gordo y grueso con un viejo barbudo, peludo en la portada, debo aclarar que no era la biografía de Santa Claus, más bien se trataba del Capital de Carlos Marx yo no pasaba de las dos primeras páginas y no entendía nada entre: régimen, mercancía y valor de uso… estaba más perdido que el hijo de Limber. Él con su forma de dar cariño frotándome el pelo me dijo ¿Qué estás leyendo? y pues le conteste sin dudarlo El Capital. A mis 6 años creo que no fue un buen inicio en la lectura. Y así fue él severo cuando tenía que serlo, fuerte al tomar decisiones, terco, puedo dar fe de que podían pasar corrientes nuevas, formas novedosas de analizar la realidad, por otros métodos más acordes a las energías etéreas del ser humano, ese mismo ser humano light que empezaba a sentirse Dios, pero a mi padre no le llenaban el rigor de la ciencia y fue la ciencia quien lo bautizo en cierta forma, quien se convirtió en esa trinidad que lograba otorgar a sus dudas respuestas con base lógica a ser probada y así su mente comenzó a dar paso a la producción de folletos y luego libros para la enseñanza universitaria. Somos 4 sus hijos dichosos de contar con él: Sonia, Carolina, Carlos y Yo en distintas etapas, brillos mentales y fuerzas físicas. Nunca le faltaba su maletín con apuntes, fichas, lapiceros, alguno que otro libro, su agenda de teléfonos, un borrador gastado y erudito de tantas lecciones repasadas y el infaltable yeso. Siempre supo distribuir su tiempo de maestro, de profesional, de esposo, padre y de hijo. Le toco vivir siempre contra vientos, fantasmas y un sello de muerte otorgado a las mentes incomodas. Supo cuidar de nosotros en medio de una guerra y siempre tuvo el apoyo de esa gran mujer que es maestra y psicóloga Chabelita como le dice de siempre o cuando la urgencia apremia “Vieja” de cariño. Mi padre aún a estas alturas ve con ojos de amor a mi madre, algo tan normal verlos que se dieran un beso enfrente de nosotros, o que le pidiera un abrazo, nos hacían saber que se amaban y no lo dudo siguen enamorados. Mi padre es un hombre con un alcance de análisis que yo admiro y envidio. Pues cuando parece tan fácil tirar la primera piedra, o tirar la toalla, siempre sabe dar un paso al costado y desde allí mira otros ángulos. Carlitos como Chabelita le nombra de cariño y cuando alguna vez por testarudo en algún 24 o 31 la sacó de quicios por sus ganas de seguir bailando el “Caballo viejo” o el “Pasito Tun tun “Mi abuela Celia terminaba bailando con él era maravilloso ver el respeto, y el amor que tenía él para con su suegra y de igual forma el agradecimiento que Doña Celia como era conocida en la colonia tenía por él. La fiesta terminaba cuando Chabelita gritaba Viejoooo vení acóstate. Debo ser sincero ha sido un hombre cero miedos, debió ser mecha corta para quien lo buscara de joven. Siempre quise parecerme a él en esa frialdad en ese valor a enfrentar animales raros desde murciélagos, ratas, ratones, sapos, tacuacines y todo ser no mitológico que le ocurriera entrar a la casa. Ya entrado los años le dio por cocinar su desayuno o calentar su almuerzo, hacerse café, siempre adicto a la azúcar a mas no poder. Siempre fue un padre que sus noches eran intranquilas si alguno faltaba por andar fuera. Gracias a él adquirí el gusto a lo informal y el amor a los jeans, a lo relajado y aprender que lo importante reside en la cabeza no en la vestimenta. Ha sido un padre que nos ha amado y como todos los aquí presentes ha cometido errores, pero si cometió errores, de algo estoy seguro que pueden más sus cosas buenas en la balanza de la vida, si ha errado es por amor, por cuidado a lo que más quiere, su familia y es por eso que casi logra hacernos una burbuja fantástica en medio de los años más sangrientos de la guerra, nos sobre protegió, muchos podrán decir que en la capital no pasaba nada... Permítanme recordarles que mi padre tenía uno de los mayores armamentos que atemorizan a tiranos, ejércitos o militares. El poseía libros, cantidades de libros que no sólo abrían los ojos, sino que luego de tenerlos en tus manos y leerlos ya no volvías a ser el mismo. Gracias a Dios nuestra casa nunca fue cateada.
De Atahualpa Yupanqui saco la siguiente frase:
"...Es mi destino,
Piedra y camino
De un sueño lejano y bello, vida
Soy peregrino..."
Estimados Ricardo Lindo y Carlos Godínez
En el año 2000 en el prólogo de "Alba de otro Milenio" hay una frase que marcó mi vida.
..."Sólo cuando el tiempo pase sabremos quién dio un amate, quien una flor admirable o quién se secó como la hierba al paso del viento..."
Esta noche tenemos el placer de estar compartiendo el espacio con dos señores ceibas,
Que desde la cúspide de sus vidas saben ser raíz, árbol, sombra y cobijo para todos
Ese es mi padre, nuestro maestro y amigo.
Ese es también el gran maestro Ricardo Lindo.
Para los cuales pido un aplauso.

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