Enviudado de mí mismo.

Profano un recuerdo de esos «Gordos»,
alimentado por años en mi mente.
Lo siento a la mesa y entre ron a las rocas
nos aventamos piedras.
El sarcasmo le resbala
y hasta se cree más fuerte que la voluntad,
por eso la invito
y se coloca a la diestra.
Ella meticulosa y delicada
nos hiere a ambos con su ensarta de reclamos fechados
frases dichas por su interlocutor, «Yo».
Y procedo a retarla a lo cual
llega a la mesa sin ser invitada,
Piedad aparece de la mano de Esperanza,
y ambas lejanas,
blancas,
frías proceden a comernos vivos
con un enjambre de cuestionamientos.
La mesa se agranda.
Los platos servidos.
Soy consciente de que no ingiero carne alguna,
y sin embargo,
le lanzo una mirada carnívora a la Fe.
La misma que en un descuido
sale a fumarse la luna conmigo.
Me ata a su mano
y de la nada se avienta conmigo
a los brazos del abismo.
Caída.
Libre.
Caída.
Libre.
Veloz.
Caída.
Libre.
.
.
.
.
.
Hoy asisto a mi entierro
y lamento no haber extendido las alas.
¡Pero debo admitirlo!…
Quería saber qué se siente ser humano. 

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